23 de agosto de 2010

¿Diálogo de "sordos"?





Por Koestler


En ocasiones parecemos estar de acuerdo en muchas o algunas cosas. Más grave, creemos que lo estamos y eludimos el conocer a fondo los aspectos tratados. En ello somos expertos los colombianos.

Debatimos con gran ignorancia de los aspectos que se deben tratar. Es el gran costo de la democracia, en la cual los imbéciles deciden o pueden decidir sobre lo que no saben. Apoyamos causas que desconocemos. Nos alegramos con victorias que significan una real derrota para nosotros. Besamos la mano que nos golpea.

Expertos en telenovelas y en mentiras televisadas, no gastamos una neurona para tratar de saber la verdad de las cosas. Sandios y petulantes, perdularios y vulgares 'decidimos' sobre nuestro destino y el de los hijos con absoluta irresponsabilidad. Por eso estamos como estamos.

El relato del padre de Mello es una ironía real sobre el gran debate democrático, en el cual se ignoran los cosas y se parece llegar a un acuerdo.

El gran debate
Por Anthony de Mello

Hace muchos años, allá por la Edad Media, los consejeros del Papa recomendaron a éste que desterrara a los judíos de Roma. Según ellos, resultaba indecoroso que aquellas personas vivieran tan ricamente en el corazón mismo del mundo católico. Así pues, se redactó y fue promulgado un edicto de expulsión, para general consternación de los judíos, que sabían que, dondequiera que fuesen, no podían esperar un trato mejor que el que les obligaba a salir de Roma. De manera que suplicaron al Papa que reconsiderara su decisión.

El Papa, que era un hombre ecuánime, les hizo una propuesta un tanto arriesgada: debían elegir a alguien para que discutiera el asunto con él mismo en público y, si salía victorioso del debate, los judíos podrían quedarse.
Los judíos se reunieron a considerar la propuesta. Rechazarla significaba la expulsión. Aceptarla significaba exponerse a una derrota segura, porque ¿quién iba a vencer en un debate en el que el Papa era juez y parte a la vez? Sin embargo, no había más remedio que aceptar. Ahora bien, resultaba imposible encontrar a un voluntario dispuesto a debatir con el Papa: la responsabilidad de cargar sobre sus hombros con el destino de los judíos era más de lo que cualquier hombre podía soportar.

Pero, cuando el portero de la sinagoga se dio cuenta de lo que ocurría, se presentó ante el Gran Rabino y se ofreció como voluntario para representar a su pueblo en el debate. “¿El portero?”, exclamaron los demás rabinos cuando lo supieron. “¡Imposible!”.

“Está bien”, dijo el Gran Rabino, “ninguno de nosotros está dispuesto a hacerlo; de manera que, o lo hace el portero o no hay debate”. Y así, a falta de otra persona, se designó al portero para que celebrara el debate con el Papa.
Llegado el gran día, el Papa se sentó en un trono en la plaza de San Pedro, rodeado de sus cardenales y en presencia de una multitud de obispos, sacerdotes y fieles. Al poco tiempo llegó la pequeña comitiva de delegados judíos, con sus negros ropajes y sus largas barbas, rodeando al portero de la sinagoga.

Quedaron el uno frente al otro, y el debate comenzó. El Papa alzó solemnemente un dedo hacia el cielo y trazó un amplio arco en el aire. Inmediatamente, el portero señaló con énfasis hacia el suelo. El Papa pareció quedar desconcertado. Entonces volvió a alzar su dedo con mayor solemnidad aún y lo mantuvo firmemente ante el rostro del portero. Este, a su vez, alzó inmediatamente tres dedos y los mantuvo con la misma firmeza frente al Papa, el cual pareció asombrarse de aquel gesto. Entonces el Papa deslizó una de sus manos entre sus ropajes y extrajo una manzana. El portero, por su parte, sin pensarlo dos veces, introdujo su mano en una bolsa de papel que llevaba consigo y sacó de ella una delgada torta de pan. Entonces el Papa exclamó con voz potente: “¡El representante judío ha ganado el debate! Queda revocado, pues, el edicto”.

Los dirigentes judíos rodearon inmediatamente al portero y se lo llevaron, mientras los cardenales se apiñaban atónitos en torno al Papa. “¿Qué ha sucedido, Santidad?”, le preguntaron. “Nos ha sido imposible seguir el rapidísimo toma y daca del debate...” El Papa se enjugó el sudor de su frente y dijo: “Ese hombre es un brillante teólogo y un maestro del debate.

Yo comencé señalando con un gesto de mi mano la bóveda celeste, como dando a entender que el universo entero pertenece a Dios; y él señaló hacia abajo con su dedo, recordándome que hay un lugar llamado "infierno" donde el demonio es el único soberano. Entonces alcé yo un dedo para indicar que Dios es uno. ¡Imagínense mi sorpresa cuando le vi alzar a él tres dedos indicando que ese Dios uno se manifiesta por igual en tres personas, suscribiendo con ello nuestra propia doctrina sobre la Trinidad! Sabiendo que no podría vencer a ese genio de la teología, intenté, por último, desviar el debate hacia otro terreno, y para ello saqué una manzana, dando a entender que, según los más modernos descubrimientos, la tierra es redonda. Pero, al instante, él sacó una torta de pan ázimo para recordarme que, de acuerdo con la Biblia, la tierra es plana. De manera que no he tenido más remedio que reconocer su victoria...”.

Para entonces, los judíos habían llegado ya a su sinagoga. “¿Qué es lo que ha ocurrido?”, le preguntaron perplejos al portero, el cual daba muestras de estar indignado. “¡Todo ha sido un montón de tonterías!”, respondió. “Veréis: primero, el Papa hizo un gesto con su mano como para indicar que todos los judíos teníamos que salir de Roma. De modo que yo señalé con el dedo hacia abajo para darle a entender con toda claridad que no pensábamos movernos. Entonces él me apunta amenazadoramente con un dedo como diciéndome: "¡No te me pongas chulo!" Y yo le señalo a él con tres dedos para decirle que él era tres veces mas chulo que nosotros, por haber ordenado arbitrariamente que saliéramos de Roma. Entonces veo que él saca su almuerzo, y yo saco el mío”.

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21 de agosto de 2010

De las personas a las políticas




Por Jorge Enrique Robledo,

Senador, agosto 20 de 2010

Se da por descontado que a presidentes y ministros no llegan minusválidos mentales, aunque a ratos pareciera que sí. Incluso, para esos cargos suelen escoger personas con conocimientos superiores al promedio. De ahí que sea medio tonto mirar las capacidades personales de estos personajes para tratar de adivinar “si van a gobernar bien o mal”, en el sentido de si resolverán o empezarán a resolver los principales problemas de la nación, que es de lo que se supone se trata.

El aspecto decisivo para el buen gobierno no son las calidades técnicas de las personas que gobiernan, sino las políticas que estas respaldan y desarrollan, siempre en el entendido de que los idiotas y los demasiado ignorantes no llegan a la cúpula gubernamental. ¿Inteligentes e ilustrados dentro de qué concepciones, con que ‘línea’, para qué fines? Porque por títulos y experiencia que tenga un individuo, si las orientaciones que le determinan sus decisiones conducen al desastre, el desastre llegará.

Una imagen puede ilustrar el asunto: los trenes no llegan a donde quieren los maquinistas, sino a donde conducen las carrileras. Con las economías de los países pasa como con los trenes diseñados para no poder detenerse, que solo pueden llegar a donde se dirigen los rieles, sin importar la pericia de los maquinistas, luego están condenados a caer al abismo si a un abismo se dirigen las carrileras. La gran diferencia entre el capitalismo de Colombia con los de Francia, Italia o Alemania, por ejemplo, tiene como explicación primordial que sus carrileras son distintas, porque mientras allá se concibieron proyectos de desarrollo nacional, aquí no.

Así, lo primordial que hay que analizarles a los gobernantes no son sus cualidades como maquinistas, sino la carrilera por la que decidieron transitar y si esta lleva a buen puerto –al progreso del país– o lleva al abismo –al desastre nacional del que se eximen muy pocos. Este es el debate que se elude cuando el análisis no se centra en la dirección de los rieles, lo que para estos efectos significa el modelo económico y social impuesto en Colombia desde 1990 –la carrilera neoliberal y del libre comercio–, régimen económico que, según muestran veinte años de experiencia, enriquece a las trasnacionales y a cada vez menos nativos y condena al atraso y a la pobreza a la nación, de manera que la opulencia de poquísimos parece norteamericana o europea, pero la pobreza es de tipo africano o haitiano.

Entonces, quien conozca la trayectoria de Juan Manuel Santos, sus propuestas de gobierno y el equipo que nombró no necesita caer en la ingenuidad –que con malicia aúpan ciertos santistas– de tener que esperar para ver qué pasará durante su administración. Porque, como ministro de Gaviria, Pastrana y Uribe, Santos demostró ser dogmáticamente apegado al ideario neoliberal o del libre comercio o del Consenso de Washington o del FMI, políticas que explican por qué el desempleo y el rebusque sumados superan el 70 por ciento y una de la peores desigualdades sociales del mundo. Porque se comprometió a seguir con la confianza inversionista, el nombre uribista para las concepciones plutocráticas mencionadas. Y porque su gabinete ministerial parece la selección Colombia del neoliberalismo, de manera que ni siquiera queda la esperanza de que, por equivocación, acierte.

El nuevo gobierno presentará como “soluciones” medidas sobre empleo y salarios, agro e industria, salud y educación, grandes y pequeñas y medianas empresas, finanzas y comercio exterior, impuestos e inversiones, en fin, sobre todo, pero siempre y en todos los casos con criterios neoliberales, lo que significa que los problemas estructurales, lejos de resolverse, se agravarán, al mantenerse las causas que los provocan.

Para confirmar que este gobierno puede ser peor que el anterior, ahí viene la ley de la regla o la responsabilidad fiscal, que congelará en el estado de inexistencia o mediocridad actual los derechos sociales de los colombianos. Con esa norma, la Corte Constitucional no hubiera podido igualar los POS del sistema de salud.

Taimada, entonces, la falsa inocencia de ciertos santistas que preguntan: “Si no se sabe qué pasará, ¿por qué los del Polo no le dan un compás de espera a Juan Manuel?”.

Coletilla: los nombramientos en la Comisión de Acusaciones, la Contraloría y la jefatura del DAS también muestran que Santos I es Uribe III.

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19 de agosto de 2010

Tres contra trescientos





Por Koestler

El municipio de Lebrija se enfrenta a una seria amenaza. Una de las más graves a lo largo de su existencia. Y no viene de afuera del municipio sino de adentro. Precisamente de quien debería estar velando por sus intereses. Nace del Palacio de la alcaldía, con unos 'proyectos de contratos' o de negociados o negocionones, como mejor les parezca, promovidos por nuestra inefable alcaldesa, Sonia Serrano Prada.

Se trata de los proyectos sobre alumbrado público y pignoración de los recursos de transferencias dedicados al manejo de agua y saneamiento básico. Dichos planes comprometen recursos propios y de transferencias de la nación hasta por 20 años, e implican una jugosa, muy jugosa cifra para ejecutar entre dos grupos de 'amigos' de la alcaldesa. Y es tal el negocio, que se han ofrecido unos buenos pesos para quienes, desde la oposición, se pasen al lado de la administración y apoyen dichos proyectos.

Habrá tal conciencia de la iniquidad de dichos planes, que la alcaldesa se lava las manos diciendo que no es ella quien ofrece dinero alguno, sino 'los contratistas'. ¿Acaso están tan amarradas las cosas que los 'contratistas' ofrecen dinero con la seguridad absoluta de que se van a ganar el negocio?

Y, ¿por qué el título de esta nota? Pueden estar seguros de que no se trata de un episodio heroico como el de los guerreros espartanos en los que trescientos hombres (como el nombre de la película) defendieron un paso en las montañas hasta perder la vida para impedir el acceso de las hordas persas comandadas por Jerjes. En ese entonces, en el paso de las Termópilas, bajo la dirección del rey Leónidas se enfrentaron 300 heroicos guerreros (esos sí héroes, no como los de pacotilla que nos ofrece la TV) contra decenas de miles de enemigos invasores.

Esta vez se trata de tres, sí, sólo tres --pero no de tres guerreros sino concejales de Lebrija-- contra TRESCIENTOS MILLONES DE PESOS, que les ofrecen por su voto para obtener la aprobación de los negociados en mención. Son, para información de la opinión, los señores Jorge Jaimes (Cucarrón), Mario Álvarez y Javier Stella, a quienes ya les hicieron propuesta del dinero. Obvio es que igual oferta le han hecho a otros concejales 'opositores'.

Sólo falta saber cuánto le han ofrecido a los perros falderos de doña Sonia para que acoliten dichos proyectos. Pero de lo que no queda duda es de que algunos de los lectores asiduos de este blog, que forman parte del grupo de las ías: policías, fiscalía, contraloría y procuraduría, deberían iniciar ya una investigación de oficio sobre este delito que está en ejecución.


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La Gran Ramera




Por Koestler


La Organización de las Naciones Unidas ha devenido en la gran ramera del mundo, siempre puesta al servicio del mejor postor. Esquiva con unos -los débiles-, es pronta con otros: los poderosos.

Ante el gran crimen de lesa humanidad propiciado por la alianza EE. UU. e Inglaterra y España, terminó bendiciendo la invasión a Irak. Y no hubo sanciones contra los criminales: ni personal respecto a los jefes de Estado o contra los países que la ejecutaron.

Pero otra cosa es el valor de la ONU cuando se trata de países pequeños o débiles. Es de ver la presteza con la que toma resoluciones y acata los deseos de los imperios. Ejemplos sobran: Irán, Corea del Norte, países árabes, en tanto que no ve los crímenes de algunos, como los de Israel.

Y, en el colmo del cinismo, conforma una “comisión internacional” para analizar el acto de piratería y genocidio cometido por las tropas sionistas contra la flotilla turca que llevaba apoyo a los palestinos sitiados por el estado Israelí. Y, como burla y ludibrio contra los agredidos, el secretario general pone al frente de dicho “equipo” a Alvaro Uribe Vélez, quien fue el único jefe de estado latinoamericano que apoyó la invasión yanqui a Irak.

Esa designación garantiza que no habrá imparcialidad en dicho equipo de trabajo. Ban Ki-Moon será, a no dudarlo, sinónimo de lacayismo y servilismo.

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16 de agosto de 2010

¿Almas de perro?




Por Koestler


Los colombianos nos jactamos de ser 'perros' y, con admiración nos referimos a alguien como un perro, para llamar a su picardía, audacia o viveza. No menos cierto es que se emplea el término en forma peyorativa para tratar a la persona que se pasa de vivo en las lides del amor.

Y hemos terminado interiorizando esta apreciación y, al parecer, las demás de la condición de perro, especialmente el servilismo. Y de tal manera, como perros, besamos la mano del amo que nos da palo y nos humilla.

No es que los colombianos seamos agradecidos, pues esa condición no se expresa para con quienes desinteresadamente trabajan por el bien colectivo. Somos serviles y rendimos pleitesía a quien nos muestra el foete, y alegres movemos el rabo y agradecemos a quienes más nos han golpeado. ¡Manes de nuestra tierra!

Porque “Cuando el sol de la cultura política se encuentra muy bajo, hasta los enanos proyectan una larga sombra”, Karl Kraus (1874-1936).

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13 de agosto de 2010

Santos: el maquillador...




Por Koestler


En Colombia todos, o casi todos, andan de plácemes con las designaciones del equipo de gobierno de Santos. Hasta los antisantistas son ahora sus acólitos conversos y entusiastas.

Pero, en verdad, en el fondo nada ha cambiado. Sus propuestas y equipo de trabajo son profundamente neoliberales: seguridad inversionista, exenciones tributarias para los ricos, ampliación de la base tributaria, eliminación de la seguridad social a los trabajadores, continuidad del negocio de la salud, “seguridad democrática”, etcétera.

Más pronto que tarde se verá que los cambios apenas sirven para disfrazar el continuismo de las políticas antisociales de Uribe Vélez. Obvio, con algunos cambios de estilo, pues el presidente actual no se caracteriza por la chabacanería arrieril del saliente presidente. En esto si habrá, y espero que por mucho tiempo, un aire renovador. Pues Uribe nos tenía mamados de su lenguaje barriobajero y actitudes lumpenescas, tan de moda hoy en el país.

Nota: en los acuerdos con Venezuela, que tanto preocupan a algunos plumíferos en lo atinente a la deuda con “empresarios colombianos” no se debe olvidar un “pequeño detalle”: que nuestros bandidos se aprovecharon de la generosidad del vecino para estafar al pueblo hermano.

Un ejemplo al canto: la venta de carne en canal y en pie, fue un gran negocio en el que los paramilitares (ahora eufemísticamente llamados Bacrim) se aprovecharon para sacar gran cantidad del ganado que habían robado, y, en compañía con corruptos militares y políticos de Venezuela, fingieron exportaciones cuando sólo retornaban y reintroducían el mismo ganado varias veces.


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7 de agosto de 2010

El padre Anthony de Mello, textos

Religión

El viajero, totalmente harto: “¿Por qué demonios tuvieron que poner la estación a tres kilómetros del pueblo?”.

El solícito funcionario: “Seguramente pensaron que sería una buena idea ponerla cerca de los trenes, señor”.

Una estación ultramoderna a tres kilómetros de las vías seríá tan absurdo como un templo muy frecuentado a tres centímetros de la vida.

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El Buda Kamakura estuvo alojado en un templo hasta que, un día, una gran tormenta echó abajo dicho templo. Desde entonces, la enorme estatua estuvo durante años expuesta al sol, a la lluvia, a los vientos y a las inclemencias del tiempo.

Cuando un sacerdote comenzó a recaudar fondos para reconstruir el templo, la estatua se le apareció en sueños y le dijo: “Aquel templo era una cárcel, no un hogar. Déjame seguir expuesto a las inclemencias de la vida, que ése es mi lugar.

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Dov Ber era un hombre poco común, en cuya presencia la gente temblaba. Era un célebre experto en el Talmud, inflexible e intransigente en su doctrina. Jamás reía, creía firmemente en la ascesis y eran famosos sus prolongados ayunos. Pero su austeridad acabó minando su salud. Cayó gravemente enfermo, y los médicos no eran capaces de dar con el remedio. Como último recurso, alguien sugirió: “¿Por qué no pedimos ayuda a Baal Sem Tob?”.

Dov Ber acabó cediendo, aunque al principio se resistió, porque estaba en profundo desacuerdo con Baal Sem, a quien consideraba poco menos que un hereje. Además, mientras Dov Ber creía que sólo el sufrimiento y la tribulación daban sentido a la vida, Baal Sem trataba de aliviar el dolor y predicaba que lo que daba sentido a la vida era la capacidad de gozo.

Era mas de medianoche cuando Baal Sem, respondiendo a la llamada, acudió en coche, vestido con un abrigo de lana y un gorro de piel. Entró en la habitación del enfermo y le ofreció el Libro del Esplendor, que Dov Ber abrió y comenzó a leer en voz alta.

Y cuenta la historia que apenas llevaba un minuto leyendo cuando Baal Sem le interrumpió: “Algo anda mal... Algo le falta a tu fe”.

“¿El qué?” preguntó el enfermo.

“Alma”, respondió Baal Sem Tob.

***

Una fría noche de invierno, un asceta errante pidió asilo en un templo. El pobre hombre estaba tiritando bajo la nieve y el sacerdote del templo, aunque era reacio a dejarle entrar, acabó accediendo: “Está bien, puedes quedarte, pero sólo por esta noche. Esto es un templo, no un asilo. Por la mañana tendrás que marcharte”.

A altas horas de la noche, el sacerdote oyó un extraño crepitar. Acudió raudo al templo y vio una escena increíble: el forastero había encendido un fuego y estaba calentándose. Observó que faltaba un Buda de madera y preguntó: “¿Dónde está la estatua?”.

El otro señaló al fuego con un gesto y dijo: “Pensé que iba a morirme de frío...”
El sacerdote gritó: “¿Estás loco? ¿Sabes lo que has hecho? Era una estatua de Buda. ¡Has quemado al Buda!”.

El fuego iba extinguiéndose poco a poco. El asceta lo contempló fijamente y comenzó a removerlo con su bastón.

“¿Qué estás haciendo ahora?”, vociferó el sacerdote.

“Estoy buscando los huesos del Buda que, según tú, he quemado”.

Más tarde, el sacerdote le refirió el hecho a un maestro Zen, el cual le dijo:

“Seguramente eres un mal sacerdote, porque has dado más valor a un Buda muerto que a un hombre vivo”.


***

Tetsugen, un alumno de Zen, asumió un tremendo compromiso: imprimir siete mil ejemplares de los sutras, que hasta entonces sólo podían conseguirse en chino.

Viajó a lo largo y ancho del Japón recaudando fondos para su proyecto. Algunas personas adineradas le dieron hasta cien monedas de oro, pero el grueso de la recaudación lo constituían las pequeñas aportaciones de los campesinos. Y TetsuGen expresaba a todos el mismo agradecimiento, prescindiendo de la suma que le dieran.

Al cabo de diez largos años viajando de aquí para allá, consiguió recaudar lo necesario para su proyecto. Justamente entonces se desbordó el río Uji, dejando en la miseria a miles de personas. Entonces Tetsugen empleó todo el dinero que había recaudado en ayudar a aquellas pobres gentes.

Luego comenzó de nuevo a recolectar fondos. Y otra vez pasaron varios años hasta que consiguió la suma necesaria. Entonces se desató una epidemia en el país, y Tetsugen vo!vió a gastar todo el dinero en ayudar a los damnificados.
Una vez más, volvió a empezar de cero y, por fin, al cabo de veinte años, su sueño se vió hecho realidad.

Las planchas con que se imprimió aquella primera edición de los sutras se exhiben actualmente en el monasterio Obaku, de Kyoto. Los japoneses cuentan a sus hijos que Tetsugen sacó, en total, tres ediciones de los sutras, pero que las dos primeras son invisibles y muy superiores a la tercera-

***

Dos hermanos, el uno soltero y el otro casado, poseían una granja cuyo fértil suelo producía abundante grano, que los dos hermanos se repartían a partes iguales.

Al principio todo iba perfectamente. Pero llegó un momento en que el hermano casado empezó a despertarse sobresaltado todas las noches, pensando: “No es justo. Mi hermano no está casado y se lleva la mitad de la cosecha; pero yo tengo mujer y cinco hijos, de modo que en mi ancianidad tendré todo cuanto necesite. ¿Quién cuidará de mi pobre hermano cuando sea viejo? Necesita ahorrar para el futuro mucho más de lo que actualmente ahorra, porque su necesidad es, evidentemente, mayor que la mía”.

Entonces se levantaba de la cama, acudía sigilosamente adonde su hermano y vertía en el granero de éste un saco de grano.

También el hermano soltero comenzó a despertarse por las noches y a decirse a sí mismo: “Esto es una injusticia. Mi hermano tiene mujer y cinco hijos y se lleva la mitad de la cosecha. Pero yo no tengo que mantener a nadie más que a mí mismo. ¿Es justo, acaso, que mi pobre hermano, cuya necesidad es mayor que la mía, reciba lo mismo que yo?”.

Entonces se levantaba de la cama y llevaba un saco de grano al granero de su hermano.

Un día, se levantaron de la cama al mismo tiempo y tropezaron uno con otro, cada cual con un saco de grano a la espalda.

Muchos años más tarde, cuando ya habían muerto los dos, el hecho se divulgó. Y cuando los ciudadanos decidieron erigir un templo, escogieron para ello el lugar en el que ambos hermanos se habían encontrado, porque no creían que hubiera en toda la ciudad un lugar más santo que aquél.
La verdadera diferencia religiosa no es la diferencia entre quienes dan culto y quienes no lo dan, sino entre quienes aman y quienes no aman.


5 de agosto de 2010

El padre Anthony de Mello

Por Koestler

El padre Anthony de Mello fue un gran divulgador de una visión holística e integradora de la vida. Una visión respetuosa de las diferencias, ya fueran culturales, religiosas, de razas o políticas, sin exclusión alguna y con pleno respeto a las diferencias.

Creemos que es un gran ejemplo para todos nosotros, inmersos en un mundo de desconfianzas y odios. Por ello, vamos a publicar algunos de sus textos, empezando por una semblanza que a manera de introito escribió Parmananda R. Divarkar, S.J., el 4 de septiembre de 1987.

Los textos del padre Anthony son tan esclarecedores, que estamos seguros, motivarán a más de uno de los lectores a adquirir el libro "La oración de la rana", tomos 1 y 2.


Prólogo

La primera imagen que yo conservo de Tony de Mello es de hace treinta años, y se localiza en Lonavla, en la misma casa que mucho más tarde se convertiría en el Instituto Sadhana.

Tony era entonces un estudiante jesuita, pero ya se dedicaba a enseñar a los jóvenes que acababan de concluir su noviciado. El grupo había subido a la casa de campo de San Estanislao para pasar unas breves vacaciones. Recuerdo que estaban Tony y unos cuantos “juniores”, como nosotros les llamamos, pelando patatas a la sombra de unos árboles que había junto a la cocina, y, mientras tanto, él entretenía a sus receptivos oyentes con su inagotable repertorio de chistes.

Desde entonces, muchas cosas nos han ocurrido a todos, el propio Tony pasó en todos estos años por innumerables etapas de crecimiento y de cambio, de campos de dedicación y de interés... y de servicio real. Pero nunca dejó de ser un incomparable narrador de cuentos. Pocas de sus anécdotas eran de su propia cosecha, y algunas ni siquiera eran demasiado buenas; pero en sus labios todas ellas resultaban rebosantes de sentido y de intención, o simplemente divertidas sin más. A este respecto hay que reconocer que cualquier tema que él tocara se hacía vivo e interesante y captaba la atención.

El regalo de despedida que nos ha dejado, y que indudablemente habrá de tener tanto éxito como sus anteriores libros, es “La oración de la rana”. Aunque Tony no era muy dado a hablar de su producción literaria; sí era muy meticuloso en la edición de sus obras. Lo último que hizo en la India, antes de tomar el avión para los Estados Unidos, fue pasar más de tres horas con el editor ultimando los detalles de su manuscrito.

Aquello tuvo lugar durante la tarde del 30 de mayo de 1987. Y el 2 de junio lo encontraron muerto en el suelo de la habitación que ocupaba en Nueva York, víctima de un fulminante ataque cardíaco. Entretanto, había tenido tiempo para escribir una larga carta a un íntimo amigo en la que, hablando de sus primeras experiencias, le decía: “Todo ello parece pertenecer a otra época y a otro mundo. Creo que actualmente todo mi interés se centra en otra cosa: en el "mundo del espíritu", y todo lo demás me resulta verdaderamente insignificante y sin importancia. Las cosas que tanto me importaban en el pasado ya no tienen interés para mí. Lo que ahora absorbe todo mi interés son cosas como las de Achaan Chah, el maestro budista, y estoy perdiendo el gusto por otras cosas. No sé si todo esto es una ilusión; lo que sí sé es que nunca en mi vida me había sentido tan feliz y tan libre...”.

Estas palabras dan una idea bastante aproximada de cómo era Tony -y de cómo le veían los demás- en su última etapa, antes de que nos dejara tan inesperadamente, cuando faltaban tres meses para que cumpliera cincuenta y seis años. Y ya ha comenzado a surgir en torno a él una serie de libros, una verdadera leyenda dorada, escritos por muy distintas personas de todos los rincones del mundo. No pocas de ellas han afirmado que nunca lo conocieron directamente, pero que habían quedado profundamente afectadas por sus libros. Otras han tenido el privilegio de una profunda relación con él. Y otras sólo han experimentado brevemente la magia de su palabra hablada.

No son muchos los que compartirían plenamente todo cuanto él dijo o hizo, especialmente cuando traspasaba los límites establecidos de la aventura espiritual (ni tampoco Tony esperaba que le siguieran dócilmente, sino más bien todo lo contrario. Lo que a tantos atraía de su persona y sus ideas era precisamente que Tony desafiaba a todos a cuestionar, examinar y liberarse de los modelos establecidos de pensamiento y de conducta, acabar con toda clase de estereotipos y atreverse a ser verdaderamente uno mismo; dicho de otro modo: a buscar una autenticidad cada vez mayor.

Una búsqueda constante de autenticidad: he ahí la impresión que daba Tony desde cualquier punto de vista que se le mirara. Lo cual otorgaba a su polifacética personalidad una integridad, una sensación de totalidad, que poseía un encanto y un magnetismo propios: el de reconciliar los contrarios, no a base de tensión, sino como una mezcla armoniosa. Era la persona más dispuesta del mundo a hacer amigos y a compartir, pero a la vez sentía uno que había en él una dimensión inalcanzable. Su compañía podía ser de lo más divertido, porque era capaz de ensartar, uno tras otro, los chistes más disparatados; pero nadie podía dudar de la absoluta seriedad de su intención. A lo largo de los años cambió mucho y de muchas maneras, pero había una serie de constantes de su carácter que siempre se mantuvieron incólumes.

Un elocuente ejemplo de esto último fue su compromiso como jesuita. Tony había fomentado con extraordinario entusiasmo los Ejercicios Espirituales según el propósito original de San Ignacio (en realidad fue esto lo primero que le hizo ser internacionalmente conocido y apreciado); pero, de hecho, al final de su vida se hallaba bastante lejos de lo que suele entenderse por “espiritualidad ignaciana”. Sin embargo, jamás renunció a su identidad jesuítica. Para lo cual, evidentemente, no tenía que hacerse demasiada violencia (ni tampoco, probablemente, demasiados razonamientos). Sencillamente, se sentía en profunda sintonía con la mente y el corazón de Ignacio, a quien supo conocer y comprender.

En una homilía que dirigió a los Provinciales jesuitas de la India en 1983, antes de que éstos y el propio Tony acudieran a Roma a participar en la última Congregación General de la Orden, les hizo partícipes de una idea acerca de Ignacio que, en realidad, era más una auto- revelación:.

“Hay una tradición, que se remonta a los primeros Padres de la Compañía, en el sentido de que Dios le había dado a Ignacio las gracias y los carismas que El tenía destinados para toda la Compañía en general y para cada uno de los jesuitas en particular. Si hoy tuviera yo que escoger, tanto para mí como para la Compañía, de entre los muchos carismas de Ignacio, escogería sin dudar los tres siguientes: su contemplación, su creatividad y su valor”.

Parmananda R. Divarkar, S.J. 4 de Septiembre de 1987.


En próximas entregas daremos a la publicidad algunos escritos del padre De Mello.