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20 de octubre de 2008

P R U D E N C I A


Las siete virtudes del gobernante (VI)


Por Jesús Martínez Álvarez




Por si el lector no los tiene en la memoria, le recuerdo ahora que hemos tratado cinco virtudes antes que ésta: Dignidad, Honradez, Integridad, Responsabilidad y Templanza. Aunque han sido expuestas en este orden, desde luego no quiere decir que esta secuencia se deba a jerarquía. Tan importante una como otra.


Hoy corresponde hablar de una virtud imprescindible en todo gobernante, puesto que ya hemos visto que la principal característica de la acción de gobernar es la trascendencia de sus actos. Por ello la prudencia es virtud que no debe marginarse. De ella depende la acción mesurada, la decisión consciente, la actitud serena.


Cuando se habla de prudencia se corre el riesgo de que alguien piense que se está aludiendo a la parálisis. Y ello no es gratuito: muchos gobernantes han tratado de justificar su inmovilidad calificándola erróneamente como prudencia.


Por eso hay que aclararlo desde el principio: aludo aquí a la prudencia como virtud que contiene el primer impulso, como cualidad que serena el pensamiento incluso en los momentos más difíciles. La inmovilidad, en cambio, es sólo falta de determinación para tomar decisiones.


Hablamos, pues, de la actitud que combina prudencia y audacia y que, en mezcla adecuada, permite al gobernante ejercer su liderazgo con responsabilidad y lo libera de actuar con ligereza.

En la vida privada cada quien decide su forma de actuar y, si hay consecuencias, normalmente las asume puesto que su acción incide en su círculo más próximo. Pero un gobernante debe ejercitar la prudencia en cada una de sus acciones, pues los beneficiados o perjudicados serán todos los que habiten en su ámbito de gobierno. Por tanto, la prudencia no es una opción sino una obligación.


Así como hay gobernantes que se escudan en la palabra prudencia para ocultar su indecisión, así los hay que se escudan en la audacia para justificar su precipitación.


Un gobernante no puede actuar según sus primeros impulsos, guiado por la supuesta urgencia del problema a resolver. Muchos de los asuntos que se califican de urgentes pudieron no haberlo sido si se hubieran atendido a tiempo. También en la oportunidad de la acción es la prudencia la que opera.


Por descuido, por negligencia, por temor, algunos asuntos públicos se relegan a la agenda de otro día, algún día, ya se verá, y sucede que aquel problema, aquel conflicto, aquella demanda despreciada, un día se levanta como un muro o como un bosque ardiendo, y el gobernante, incapaz de reconocer su falta de sensibilidad, actúa abruptamente y luego explica que no pudo reflexionar sobre el caso porque éste era urgente.


La prudencia implica saber identificar a tiempo lo importante, antes de que se vuelva urgente, cuando hay tiempo para analizar y sopesar, decidir y actuar.


Para identificar a un gobernante imprudente, basta analizar su agenda diaria: el más imprudente será el que se dedica a atender asuntos que no son ni importantes ni urgentes, en un juego de activismo que le ayuda a imaginar que está trabajando mucho; el segundo lugar se lo lleva el que mayoritariamente se dedica a atender lo urgente, lo cual también le da la sensación de que merece un lugar en la historia por moverse tanto.


Con rasgos de prudencia, un gobernante destinará más tiempo a lo importante que a lo urgente. Es imposible evitar que se presenten asuntos urgentes, pero mientras menos sean podrán resolverse mejor, a la vez que se tiene tiempo para lo trascendente.


Como se advierte, la prudencia no consiste en pensar mucho o en decidir poco, sino en pensar a tiempo y actuar oportunamente.

Entre otras, dos sensaciones falsas pueden empujar al gobernante a la imprudencia: la primera es creer que gobernará para siempre; la segunda, que sólo tiene un día para resolverlo todo.


Hace unos años, don Jesús Reyes Heroles recomendaba: no hay que hacerlo todo en un día, pero hay que hacer algo cada día. Como una extensión de esta cita, habría que decir que hay que procurar, y lograr, que ese algo esté relacionado con lo importante, lo que trasciende, lo que incidirá en la vida de miles o millones de personas.


La prudencia, en síntesis, es lo opuesto a la temeridad, normalmente irresponsable; o, para decirlo de otra forma, es el respaldo de la audacia.


La fortuna es de los audaces, decía Hernán Cortés; sí, a condición de que el acto audaz esté amparado por la prudencia.


jema444@gmail.com

www.jesusmartinezalvarez.com.mx


POSTDATA

Cuando se presentan crisis como la seguridad pública y la situación económica, es donde un gobernante demuestra su capacidad. Éstas pueden convertirse en una gran oportunidad o en la tumba política del gobernante.

20 de septiembre de 2008

Las siete virtudes del gobernante (III)



Continuamos con la serie sobre las características deseables en un gobernante —igual son deseables en los gobernados, porque terminan identificándose mandantes y mandatarios—. 

 


I N T E G R I D A D

 

Por Jesús Martínez Álvarez

 


A veces por convicción, a veces por tradición, y en ocasiones por humor, la política ha sido receptáculo de todas las ironías, imputaciones y reclamos.

 

Puede que el desprestigio no sea gratuito. Muchos políticos y gobernantes han contribuido a incrementarlo.

 

La mala fama del ejercicio público llevó a Tolstoi, por ejemplo, a sostener que "el gobierno es una asociación de hombres que ejercen violencia sobre todos los demás". Y Platón les dijo a los atenienses: "Si yo me hubiera dedicado a la política, hubiera perecido hace mucho tiempo y no hubiese hecho ningún bien ni a vosotros ni a mí mismo".

 

Pero el caso es que la política es una actividad necesaria, sin importar el tamaño de la comunidad. En cuanto hay sociedad, surge la necesidad de convocar esfuerzos, proponer rumbos, establecer normas, dirimir desacuerdos, administrar recursos comunes, garantizar la seguridad, realizar obras de beneficio colectivo, defender el territorio. Y atender estas necesidades sociales sólo es posible a través de la política.

 

Hombres y mujeres, en lo particular, no podrían asumir las responsabilidades mencionadas. Por eso surge el gobierno: para defender a cada uno con la fuerza común de todos. Y para hacer gobierno hay que hacer política.

 

¿Son inherentes a la política los vicios que se le imputan?

 

Ninguna actividad lleva en sí misma los adjetivos que se le adjudican. Los adjetivos no corresponden a la actividad sino a la forma en que se realiza.

 

Estoy convencido que la integridad es fundamental. Incluso, la integridad va más allá de la honestidad. Si ésta podría definirse como la capacidad de cumplir lo que se promete a otros, la integridad es la capacidad de cumplir lo que cada quien promete a otros y se promete a sí mismo.

 

La integridad tiene que ver con la congruencia entre lo que se piensa, se dice y se hace. Pero hay que estar alertas: alguien puede ser congruente sin ser íntegroHitler era congruente, no íntegro. Lo que supone que la congruencia que reclama la integridad está comprometida con los valores más altos de la convivencia humana.

 

En la política, o en el ejercicio de un puesto público, la integridad reclama el escrupuloso uso de la palabra y el impecable y honesto esfuerzo de cumplir lo que se promete.

 

La palabra del gobernante debe construir la confianza que aspira a merecer. La integridad obliga al gobernante a decir lo que se puede y lo que no se puede, lo que se propone hacer y lo que no piensa hacer, de manera que su palabra dé certidumbre. Un gobernante no habla para ganar aplausos ni para justificarse sino para anunciar, aclarar o explicar su desempeño, e incluso, para reconocer desaciertos y dar a conocer rectificaciones. Tal importancia concedía Confucio a esta capacidad, que afirmaba que "gobernar significa rectificar".

 

Pero la congruencia y la honestidad en la palabra es insuficiente para un gobernante: honestidad y congruencia deben prevalecer en los hechos.

 

La integridad no sólo es valor interior, serenidad interna, prenda de satisfacción personal, sino ingrediente imprescindible en la creación de confianza colectiva y por lo tanto en la capacidad de persuasión y liderazgo hacia la consecución de los objetivos que la sociedad reconoce como propios.

 


Sin la integridad, un gobernante carece de  respaldo social, de autoridad moral y de fuerza para convocar a la comunidad a propósitos trascedentes. Por ello los beneficios de la integridad en un gobernante no se reducen a su tranquilidad personal, sino a su capacidad de crear credibilidad y confianza, lo que no es una fortaleza opcional sino una obligación irrenunciable. ¿Puede un gobernante serlo sin confianza, sin credibilidad, sin respaldo social? ¿Puede un gobernante, con su sola persona, generar confianza y respaldo político?

 

Quienes creen que la sociedad no se percata ni tiene por qué percatarse, del desempeño íntegro o deshonesto, (puesto que la integridad es un valor interior personal), olvidan que la sociedad deposita uno de sus mayores activos, la confianza, en el gobernante, y que no sólo tiene el derecho, sino la capacidad de verificar si el desempeño corresponde o no a la confianza otorgada.

 

El gobernante tiene la obligación de crear un entorno de certidumbre y la mejor forma de lograrlo es mediante una conducta íntegra, que responda a sus actividades, que no defraude, que enfrente con responsabilidad y valor las consecuencias de sus actos.

 

La integridad no es la única virtud que debe ejercer el gobernante, pero es el sólido e imprescindible cimiento que sustenta a las demás.

 

jema444@gmail.com

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